jueves, 12 de agosto de 2010

Honduras: Lobo pide ayuda a Zelaya


Con su iniciativa, el mandatario hondureño intenta superar el bloqueo político que ahoga su gestión en términos económicos pues le dificulta acceder a créditos y donaciones. Ante el fracaso de sus intentos por lograr la incorporación de Honduras a la OEA, Porfirio Lobo dio un paso audaz al pedir prestado al derrocado presidente Manuel Zelaya a uno de sus políticos más hábiles para que reabra el diálogo con la Unión de Naciones Sudamericanas (UNASUR) y busque el reconocimiento diplomático.

El designado como Embajador Itinerante ante UNASUR es Jorge Arturo Reina, hermano del ex presidente liberal, Carlos Roberto Reina (1994-1998), ex embajador del gobierno de Zelaya ante la ONU y padre de uno de los dirigentes de la resistencia al golpe de Estado del año pasado. Reina es de esa estirpe de políticos latinoamericanos que pueden caminar sobre las aguas turbulentas de ideologías encontradas sin hundirse y cuyas pláticas están plagadas de anécdotas seductoras, que pueden incluir desde haber jugado al billar con Felipe González, en su tiempo de La Moncloa, hasta compartir un desvelo con Fidel Castro en La Habana.

No extraña que su nombramiento sea de mutua conveniencia para Lobo y Zelaya; Lobo adquiere un interlocutor que puede moverse con soltura entre Caracas, Brasilia o Buenos Aires, y Zelaya con su beneplácito gana una fuente de primera mano en negociaciones en las que no quiere ser convidado de piedra. Reina, a su vez, resuelve con cancheo el lío del conflicto de intereses al afirmar que:

“yo me debo a Honduras, y me sumo al reto de buscar su reconciliación”. Respecto a las condiciones que planteó a Lobo para aceptar el cargo, entre ellas el retorno incondicional de Zelaya y el cese de violaciones a los derechos humanos por motivos políticos, se quedó con un gesto: “el Presidente de la República me dijo algo importante, que mi nombramiento es un testimonio claro de reunificación de la familia hondureña”.

Reina espera afinar en los próximos 15 días su estrategia diplomática de cara a UNASUR y aunque no ofrece milagros, son milagros los que espera Lobo de sus gestiones; por eso se arriesgó con el nombramiento a provocar el enojo de la ultraderecha alérgica a todo lo que huela a Zelaya. Paradójicamente, respecto a la política exterior de Lobo, los dos extremos en pugna, los llamados golpistas y la Resistencia, coinciden en criticar su afán de lograr la normalización de los vínculos diplomáticos.

El golpismo recela de las concesiones que Lobo pueda hacer “ante Zelaya y Chávez” y los de la Resistencia plantean que “el reconocimiento internacional sin acuerdo interno significa avalar la represión y la impunidad”. Las razones de Lobo son más pragmáticas y parte de que el aislamiento de Honduras es un suicidio institucional y que nada o muy poco se puede hacer desde el escritorio del poder cuando no se tiene ni el dinero ni la legitimidad necesaria para ejercerlo.

El realismo de Lobo viene de las cifras de una economía maltrecha, casi en quiebra, y que lo tiene negociando con el FMI las condiciones más blandas posibles para recibir préstamos frescos. Lobo tiene pendiente concretar este año el desembolso de unos 900 millones de dólares de fuentes multilaterales y bilaterales de financiamiento, pero la tensa situación interna e internacional se lo bloquea o dificulta.

Mientras tanto, el índice nacional de conflictividad social va en aumento, agravado por emergencias sanitarias como la epidemia del dengue, y se suma a la crispación política que se mantiene agravada desde el 28 de junio de 2009. Apenas 3% del presupuesto nacional, que ronda los seis mil millones de dólares, está disponible para inversión pública no salarial. Con el saco roto, Lobo no haya donde meter las manos y por eso espera que Reina logre sensibilizar a los gobiernos de América del Sur, especialmente a Venezuela y Brasil, para que levanten su embargo político y su veto en diversas fuentes multilaterales de financiamiento.

Sin embargo, desde UNASUR le insisten en que la necesidad del reconocimiento externo implica, al mismo tiempo, la superación del status quo actual de plena confrontación interna, con elites que han venido ejerciendo tradicionalmente el poder sin reconocer los derechos de la mayoría desposeída. Lobo sabe que al margen de la retórica política, la normalización de relaciones será cuestión de tiempo; ya logró que Chile y México le acrediten embajadores, y espera que Reina le sume otros, pero su gran problema es precisamente la falta de tiempo. Lobo no quiere ver que su gobierno se ahogue viendo la playa.

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